Amados hermanos en la fe:
El apóstol le recuerda a la iglesia de Éfeso: «Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados,» (Efesios 4:1).
Es notorio como el Señor siempre nos está llamando. Invita tanto al inconverso para arreglar cuentas, como al redimido para que se deje guiar en su peregrinar.
Entonces nace la pregunta: ¿cómo llama el Señor? El primer medio que usa es su mensaje escrito en la Biblia. Luego, sus hijos, reconocemos el llamado interno que realiza el Espíritu Santo que nos motiva a la santificación, al arrepentimiento, a la comunión con Dios y a la obediencia, y a la lectura de Su Palabra. Somos llamados por medio de la voz de los evangelistas, pastores, maestros y hermanos maduros en la fe basada en las Escrituras. También debemos incluir que la conciencia, aunque dañada, nos da un mensaje no completo, lejos de ser perfecto, pero que debe hacer pensar al ser humano en sus momentos silenciosos. Incluso percibimos Su llamado por medio de la creación que nos habla, aunque en forma más indirecta, de propósito, de diseño, de inteligencia, de sabiduría, de un Dios que quiere entablar comunicación con nosotros.
Si sumamos todas las formas en que se hace evidente que hay un llamado, entonces veremos que estamos inmersos en un mar de voces que nos invitan a cumplir la perfecta voluntad de Dios.
Pero, ¿por qué tantas veces pareciera que no escuchamos a pesar de que no estamos sordos y tampoco tenemos incapacidad para entender el mensaje? Entiendo que ocurre algo similar con los niños que «lo están pasando muy bien» en su juego allá en el patio o en la calle mientras cae la noche invernal. Ellos pretenden no oír el llamado de mamá, cuando dice: «niños, es hora de entrar». El llamado se oye, pero no interesa, no se quiere atender, pues implica terminar con el entretenido juego con los amigos, lo cual, por el momento, no les permite sentir el frío, ni el cansancio, ni el hambre. ¿No es acaso injusto cambiar esos gratos momentos por la obediencia y tareas que le aguardan en la casa? Es interesante notar que ahí le espera un ambiente calefaccionado, un buen baño, ropa limpia, la cena y la seguridad del techo familiar, pero todos estos beneficios o dones de amor solo serán recibidas cuando el niño acate el llamado.
Hermano, esta meditación podría parecer que es aplicable para un inconverso, para aquel que aún no ha acudido al llamado del Señor para hacerle salvo. Entiendo que usted ya es salvo, pero, ¿de qué se está perdiendo por seguir jugando en la calle como aquellos niños? El Señor le está llamando a vivir una auténtica vida cristiana, la vida de obediencia, de servicio y de plena comunión con su Salvador. El Señor no solo quiere vivir en usted, sino cenar con usted: «(…) y cenaré con él, y él conmigo.» (Apocalipsis 3:20b). Dios quiere establecer con usted una relación rica y fructífera, no fría y lejana, A veces olvidamos la segunda parte del gran llamado del Señor Jesucristo, en la que expresa su deseo de mantener una permanente cena con nosotros.
Fiel es Dios, por el cual fuisteis llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo nuestro Señor.
1ª Corintios 1:9
Pastor Sergio Oschilewski Malinowski
Iglesia Bíblica Las Condes
Lectura Bíblica
Oíd la palabra que Jehová ha hablado sobre vosotros, oh casa de Israel. Así dijo Jehová: No aprendáis el camino de las naciones, ni de las señales del cielo tengáis temor, aunque las naciones las teman. Porque las costumbres de los pueblos son vanidad; porque leño del bosque cortaron, obra de manos de artífice con buril. Con plata y oro lo adornan; con clavos y martillo lo afirman para que no se mueva. Derechos están como palmera, y no hablan; son llevados, porque no pueden andar. No tengáis temor de ellos, porque ni pueden hacer mal, ni para hacer bien tienen poder.
No hay semejante a ti, oh Jehová; grande eres tú, y grande tu nombre en poderío. ¿Quién no te temerá, oh Rey de las naciones? Porque a ti es debido el temor; porque entre todos los sabios de las naciones y en todos sus reinos, no hay semejante a ti. Todos se infatuarán y entontecerán. Enseñanza de vanidades es el leño. Traerán plata batida de Tarsis y oro de Ufaz, obra del artífice, y de manos del fundidor; los vestirán de azul y de púrpura, obra de peritos es todo. Mas Jehová es el Dios verdadero; él es Dios vivo y Rey eterno; a su ira tiembla la tierra, y las naciones no pueden sufrir su indignación.
Les diréis así: Los dioses que no hicieron los cielos ni la tierra, desaparezcan de la tierra y de debajo de los cielos.
El que hizo la tierra con su poder, el que puso en orden el mundo con su saber, y extendió los cielos con su sabiduría; a su voz se produce muchedumbre de aguas en el cielo, y hace subir las nubes de lo postrero de la tierra; hace los relámpagos con la lluvia, y saca el viento de sus depósitos. Todo hombre se embrutece, y le falta ciencia; se avergüenza de su ídolo todo fundidor, porque mentirosa es su obra de fundición, y no hay espíritu en ella. Vanidad son, obra vana; al tiempo de su castigo perecerán. No es así la porción de Jacob; porque él es el Hacedor de todo, e Israel es la vara de su heredad; Jehová de los ejércitos es su nombre.
Recoge de las tierras tus mercaderías, la que moras en lugar fortificado. Porque así ha dicho Jehová: He aquí que esta vez arrojaré con honda los moradores de la tierra, y los afligiré, para que lo sientan.
¡Ay de mí, por mi quebrantamiento! mi llaga es muy dolorosa. Pero dije: Ciertamente enfermedad mía es esta, y debo sufrirla. Mi tienda está destruida, y todas mis cuerdas están rotas; mis hijos me han abandonado y perecieron; no hay ya más quien levante mi tienda, ni quien cuelgue mis cortinas. > Porque los pastores se infatuaron, y no buscaron a Jehová; por tanto, no prosperaron, y todo su ganado se esparció.
He aquí que voz de rumor viene, y alboroto grande de la tierra del norte, para convertir en soledad todas las ciudades de Judá, en morada de chacales. Conozco, oh Jehová, que el hombre no es señor de su camino, ni del hombre que camina es el ordenar sus pasos. Castígame, oh Jehová, mas con juicio; no con tu furor, para que no me aniquiles.
Jeremías 10:1-24
Introducción
Con Jeremías nos situamos unos 100 años después de Isaías donde ya vimos esa pasión de Dios por salvar a su pueblo de las consecuencias de su pecado.
A estas alturas el reino del norte ya había caído, así como una gran parte del reino del sur. Solo quedaba Jerusalén, pero, la porfía en pecar y no arrepentirse persistía.
Isaías, mucho tiempo antes ya les decía: «Vuestra tierra está destruida, vuestras ciudades puestas a fuego, vuestra tierra delante de vosotros comida por extranjeros, y asolada como asolamiento de extraños. Y queda la hija de Sion como enramada en viña, y como cabaña en melonar, como ciudad asolada.» (Isaías 1:7-8). Pero, aun así, no se arrepentían e insistían en desafiar a Dios.
Aquí nos encontramos con la historia de la porfía del ser humano, su insensatez, su insistencia en hacer su voluntad, seguir sus propios caminos cerrando sus oídos a la voz de Dios.
En el capítulo diez nos encontramos con el Señor enfrentando a los rebeldes con varias acusaciones e intentando, una vez más, volverlos a la razón y al arrepentimiento.
- Contraste entre Dios y los falsos dioses.
- Las características del Dios verdadero.
- Retribución a la rebelión de Judá.
- Una gran confesión.
Conclusión
¿Has tratado de vivir no tomando en cuenta la voluntad de Dios? Esto conlleva mucho dolor y constituye un verdadero suicidio espiritual.
Cuán importante es reconocer «que el hombre no es señor de su camino, ni del hombre que camina es el ordenar sus pasos.» (Jeremías 10:23c), pues solo después de este descubrimiento y confesión, el ser humano puede hacer las paces con Dios y dejarle a él como el Señor de su camino, el constructor de su proyecto de vida, el que ordena sus pasos.
¿Quién no te temerá, oh Rey de las naciones? Porque a ti es debido el temor; porque entre todos los sabios de las naciones y en todos sus reinos, no hay semejante a ti.
Jeremías 10:7
